¿Quién necesita doce horas de vuelo, una escala en Dubái y un presupuesto de luna de miel cuando a apenas veinte minutos de Valencia existe un lugar donde el mar adquiere un color inesperadamente cristalino, las palmeras se balancean con la brisa y el único estrés consiste en decidir entre una cerveza o un granizado?
La Pobla de Farnals se ha convertido, sin quererlo, en la versión mediterránea de Mauricio. Cambia los arrecifes de coral por espigones, las tortugas gigantes por jubilados haciendo aquagym y los complejos hoteleros sobre el agua por apartamentos con toldo verde, pero el espíritu vacacional es sorprendentemente parecido.
Un paraíso a veinte minutos de Valencia
A primera hora de la mañana, la playa parece sacada de un catálogo: arena fina, agua tranquila y un puerto deportivo que aporta ese toque de postal que invita a sacar el móvil cada cinco minutos.
Al mediodía comienza el auténtico espectáculo local. Familias instaladas bajo sombrillas imposibles de plegar, niños construyendo fortalezas que durarán exactamente hasta la siguiente ola y el aroma de la paella compitiendo con el de la crema solar factor 50.
Cuando cae la tarde, el paseo marítimo cobra vida. Helados, terrazas llenas, bicicletas, corredores y turistas convencidos de haber descubierto un secreto que, en realidad, llevan décadas conociendo los valencianos.
Porque sí, Mauricio tendrá aguas cristalinas y hoteles sobre pilotes. Pero allí no puedes desayunar una tostada con tomate por tres euros, volver a casa a echarte la siesta y estar de nuevo en la playa antes de que baje el sol.
La Pobla de Farnals: la pequeña Islas Mauricio, pero con horchata, esmorzaret y sin necesidad de pasaporte.
La Pobla de Farnals